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¿Autoridades confundidas?

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Escrito por Alejandra Fernández


Han pasado 8 años desde que el Instituto de Salud Pública (ISP) aprobó el Postinol, cuyo principio activo el levonorgestrel –hoy comercializado como Píldora del Día Después, o PDD- ha causado una de las mayores controversias en salud del país. Desde esa fecha, marzo de 2001 a este momento, agosto del año 2009, poco ha cambiado. La discusión sigue entrampada en las mismas interrogantes, ¿es abortiva la píldora del día después? O, ¿sólo anticonceptiva?, ¿es ético que un Gobierno permita la libre distribución de un medicamento sin estar completamente seguro de los efectos?, ¿se debe suministrar a adolescentes sin previo aviso a los padres? Preguntas hay muchas, respuestas muy pocas.

Como la mayoría debe saber, la discusión se ha centrado en los posibles efectos abortivos del fármaco mientras, la Constitución chilena vela por la vida del que está por nacer, por lo que el asunto está en determinar cuándo empieza la vida. No existe una respuesta única a tal interrogante y los constantes desacuerdos de nuestras autoridades nos han llevado a un territorio árido, donde la discusión se ha visto minada por intereses ajenos a los que realmente corresponden. No es de extrañar que en período electoral súbitamente el tema salte a la luz pública y se comience a debatir. Al respecto, ¿qué pasa con la discusión de fondo? A mi modo de ver, lo que realmente interesa es la educación que están recibiendo, más bien, la falta de educación sexual seria y responsable que reciben los niños y adolescentes en los colegios y en las casas. Porque se trata de educar, no de prohibir ni satanizar el tema. Una buena educación sexual podría bajar la tasa de embarazos adolescentes, y consecuentemente, la entrega de la píldora. Si se incluyera la educación sexual en las mallas de todos los colegios, no estaríamos hoy en día teniendo esta conversación.

Es por eso que considero que se trata de un tema de salud pública, se debe quitar la valoración moral al tema. Es decir, la Iglesia, los partidos políticos, incluso los clubes de fútbol, todos tienen derecho a expresar su opinión al respecto, pero de ahí a tratar de regular a la sociedad con sus preceptos, no me parece. La opinión no es el problema, al contrario, debería llenarnos de alegría el debate, el problema son esas voces recalcitrantes que sólo quieren hacer valer su voluntad, en desmedro de lo que realmente debería hacerse: EDUCAR.

Es la falta de información acerca de la legalidad o no de la píldora la que ha hecho que la discusión sea un caos completo, donde las entidades encargadas de dar seguridad a los ciudadanos parecen sumidas en rencillas éticas que en este caso no corresponde a lo que se espera de una autoridad pública. Ahora bien, reconozco que se trata de un tema complicado pero, ¿no deberían las autoridades dar garantías a los ciudadanos de su actuación? Es lo que menos ha ocurrido, las autoridades se han mostrado erráticas y discrecionales. Y el Gobierno no ha hecho mucho para salvar la situación, más bien ha dado respuestas tibias al conflicto. Pero, lejos de preguntarnos qué ocurre con nuestras autoridades deberíamos cuestionar el foco de la discusión. Me explico, es esperable que el tema se debata en forma pública, en colegios e instituciones pero, ¿qué injerencia están teniendo las mujeres en el actual debate? Me atrevo a decir que nula, o bastante baja. Una mujer que enfrenta su sexualidad de forma libre todavía es mal mirada en la sociedad. ¿Qué hacemos entonces? Es necesario decir ¡basta! no puede ser que otros tomen la decisión que sólo le corresponde a una persona.

Por lo demás, ¿es muy grave que una mujer decida cómo ejercer libremente su sexualidad? ¿Merezco la hoguera por pensar así? De verdad que hay veces en que lo pienso, hay opiniones que realmente hacen que me pregunte si no me confundí de siglo o que algo muy grave pasa y me encuentro completamente fuera de lugar. Ahora, tampoco pretendo un tratado feminista con todo esto, sólo que se vaya a la raíz de todo este debate, que se genere la información necesaria y se le pregunte la opinión a quienes realmente se ven involucradas, ¿porqué no hablarlo a la hora del té con nuestras madres y hermanas? Debemos evitar que se siga tratando el tema como algo oscuro, indigno, porque no lo es.

Come ven, son muchas las preguntas, ¿no?

Alejandra Fernández Jensén
Columnista Jóvenes Líderes

 
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